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Tripas Negras

Cenefo

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Esta es una historia real. Me la inventé ayer.

Los muros de la ciudadela blanca se van perdiendo en el horizonte mientras el séquito de serviles acompaña a Cenefo en su ultimo paseo, camino del cementerio.

Pretenden enterrarlo, y no parece importarles la circunstancia de que aún esté vivo. De hecho, si no fuera por las correas y las mordazas, ya haría rato que el andoba estaría en las Quimbambas; pero no es así: las correas son fuertes, las ataduras firmes, y lo mas que puede hacer Cenefo es mover los párpados, ya que todo lo demás han tomado la precaución de inmovilizárselo.

El viento sopla frío, la luna se esconde. La naturaleza entera se encoge, hasta la tierra parece sobrecogerse al recibir a Cenefo envuelto en 10 toneladas de hormigón.

Pronto acabará todo, y los serviles podrán irse a cenar, que parece que ya hay gazuza.

Cenefo, el mismo que de niño, en los días claros y soleados de su despreocupada infancia, corría como un cretino dando tumbos detrás de las ratas, hasta que éstas se enfadaban y le mordían en los tobillos.

El niño Cenefo nunca fue un niño feliz.

De hecho, toda su vida fue un infeliz.

Un infeliz y un mentecato.

Su madre se pasó la vida majándole a palos, pero Cenefo fue incapaz de aprenderse sus apellidos, y eso que se los tatuaron en la frente (aunque, como diría su psicoanalista “especialmente porque se los tatuaron en la frente: si se los hubiesen tatuado en el brazo podría leerlos”). La madre de Cenefo fue una mártir en vida. Entre Cenefo y su hermano, Prurito, la volvieron loquísima, y se cortó en lonchas. Claro que Prurito nunca vio eso. Había reventado antes. Y Cenefo nunca se lo perdonó. Aunque se enteró diez años después de que ocurriese. Y otros diez años después se enteró de lo que significaba la palabra “hermano”.

¡Que lejos quedan ahora esos días de infancia!. Cenefo piensa en ellos, y se ve a si mismo el día en que, en el colegio, las monjas le gritaron lo que realmente le había ocurrido a su padre: lo frieron por robar una puta vaca. Cenefo recuerda cómo se rieron al ver que él pensaba que murió disfrazado de perol. ¡De que enormes crueldades pueden ser capaces los niños!. En aquellos años Cenefo solo encontraba la paz en los momentos que pasaba con Clarita, la única amiga que tuvo. Cuando se descubrió que en realidad la violaba regularmente, fue todo un escándalo, y lo expulsaron de la ciudad con una catapulta. Solo volvería una vez mas a la ciudad de su infancia, a la semana siguiente de que lo expulsaran, y se ganó una pila de hostias por hacerlo.

Hizo entonces una promesa: juró que salvaría a la humanidad de tanta miseria, tanta sinrazón, tanto sufrimiento... Juró que sacaría al mundo del dolor, que acabaría con la violencia, que nadie tendría nunca más que morir. Por el camino lo atracaron unos macarras.

Tardó 15 años en graduarse en el colegio. Tal como explica su psicoanalista “no es que le fuese difícil aprobar, es que pensaba que un colegio era ese sitio donde pelan focas.”. Después intentó ingresar en la Facultad de Medicina, pero se lo impidieron los conserjes. Trató entonces de hacer fortuna con varios negocios, pero todos acababan en masacre. Montó primero una mierdería, pero no consiguió nada con ella. Trabajó de enterrador, mamporrero, salmorejo, y estropajista. Estos trabajos le dieron el dinero suficiente como para montar un laboratorio en la pocilga de su casa.

Tras 15 años de arduos estudios y experimentos, lo único que había conseguido era diseñar un muelle considerablemente largo, que sonaba de manera ciertamente hilarante, pero que, al haber sido construido con materiales estables tan solo a cierta temperatura y presión, estallaba continuamente, y cuando no lo hacia, soltaba calambrazos. Cenefo estaba desolado, cayó en la depresión. Como explica su psicoanalista “era un autentico coñazo oírle en sesión: no paraba de graznar. Y todavía me pregunto por qué motivo graznaría".

Es expulsado de su laboratorio con una manguera de agua a presión. Se ve en la puta calle, y lo único con lo que puede experimentar es con cazalla y gaseosa. Deambula sin rumbo, cabizbajo y meditabundo. Casi por un milagro, se cobija en un edificio que resulta ser una Iglesia. Es allí donde ve la luz. Asesina al párroco y huye con sus hábitos. Con el dinero que consigue por vendérselos a un gitano, se compra un hacha con el que inicia su carrera delictiva. Sin embargo, lo cazaron a la salida de la casa del gitano. Pasa tres meses en prisión por el asesinato del cura, y doce años por resistencia a la autoridad.

Cenefo, de espiritu libre, sufre en la cárcel como solo un imbecil puede sufrir. Como nos recuerda su psicoanalista “tanta sensibilidad y tanta majadería no estaban hechos para los barrotes de la carcel”. Intenta fugarse vestido de estropajo, pero lo detienen enseguida. Lo intenta diez veces mas, siempre vestido de estropajo. Al final deciden prohibirle tener ese disfraz en la celda. Participa en varios motines sin saber exactamente lo que significa la palabra “motín”. Como dice su psicoanalista “el pensaba que un motín era un mono barriendo pipas”. A pesar de todo esto, obtiene el tercer grado una semana después de haber ingresado.

La salida de la cárcel coincide con una intoxicación por botulismo que le hace delirar de tal modo que se cuelga de un mástil y ondea creyendo ser una bandera durante toda una semana. Cuando lo arrían está al borde la de muerte. Los electroshocks y las palizas de los demás enfermos, que veían en él a un competidor por la sopa del rancho, lo tranquilizan y lo sosiegan, y una vez repuesto inicia una de las etapas de su vida mas tranquilas y llenas de plenitud. Trabaja de Fruslero, donde traba contacto con la Iglesia Diocesana Independiente Oscurantista Taoista Adventorro (I.D.I.O.T.A), donde debido a sus estupidas creencias y a su nula voluntad, llega al rango de obispo.

Desde su púlpito, Cenefo vaticina múltiples catástrofes naturales: meteoritos chocando contra ciudades, volcanes arrojando su lava hirviendo contra guarderías, terremotos de intensidad tremenda que se tragan residencias de tarados y políticos, eclipses de sol que hacen estallar camiones de reparto de butano, plagas de langostas sobre el mar mediterráneo, y lluvias de café en el campo. Cuando, poco a poco, estas catástrofes que Cenefo había vaticinado comienzan a cumplirse, muchos lo consideran un profeta. Sin embargo, enseguida se descubre que en realidad Cenefo era la causa de tales desastres, y en muchas ocasiones, también la consecuencia.

Y hasta hoy, su ultimo día en la tierra.

Pronto morirá.

Pronto .

“Si no hay atascos”, piensa Cenefo.

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Pergeñado por El Corinto el 08-09-2006   

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