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Unos deliciosos delirios sin sentido ni mesura, con el unico fin de ver algo nuevo publicado en este nuestro engendro. Todas las noches que estornudo, me acuerdo del índice de aquel libro que nunca debí comprarte. En esos momentos, con estruendo de liendres, me recuesto sobre mi moral, casi en pelotas, y mastico un poco de tabaco, o unos panchitos rancios, o unos trozos de papel albal. En plena oscuridad, llega la calma.
Siempre hay algo que lo tiene que joder todo, pensó el sapo bajo la rueda del quad de mi vecino, con las tripas ensangrentadas rechinando en torno suyo. El dolor era tan insoportable que perdió el sentido segundos antes de morir.
Tanta saliva tragué que, al sentarme a la mesa para cenar con los jefazos, empecé a soltar tales gases por el culo, dirigidos hábilmente hacia mis costados, que se empañaron las copas de finísimo cristal de bohemia que había sobre la mesa.
De lejos ya me caía mal, pero cuando se acercó solo transcurrieron varios minutos y ya había decidido qué tipo de munición iba a utilizar para cargármelo. Solo tuve que esperar a que nos dejaran solos (tiempo que se me hizo eterno, por cierto) para vaciarle el cargador a bocajarro. Me llevé su cartera de recuerdo, y ahora, cada vez que saco un billete me entran unas ganas de tirotear a alguien...
Tenía Jaencita tales curvas, y de tan rotunda turgencia, que era imposible hablar con ella sin salivar con desmesura, ni controlar las manos y la empalmadura que, incipiente, luchaba con la cremallera de los levi's. ¡Qué melones, dios mío!.
De las navajas de afeitar siempre he envidiado la sensación de entrar en la carne de un gaznate y sentir chorrear el cálido torrente de sangre palpitante. De los bates de beisbol, el machacar el hueso de la sien y escuchar el siempre tranquilizador sonido de la fractura. De los lanzallamas, el saber que es por tí por lo que corretean en llamas esos tipejos. Ninguno como ellos me hace sentir tan bien, tan como en casa.
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Pergeñado por Benson el 21-01-2009
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